El ecosistema global de la electrónica de consumo atraviesa un punto de inflexión crítico. Entre la irrupción masiva de fabricantes asiáticos de bajo costo, la crisis persistente en la cadena de suministro de semiconductores y la presión regulatoria por reducir la basura electrónica, las marcas tradicionales enfrentan el dilema de competir por precio o atrincherarse en el valor tecnológico agregado. Para LG, la respuesta parece estar estrictamente ligada a la física de los materiales y a la ingeniería de larga duración.
Jaime de Jaraíz representa una anomalía corporativa dentro de la estructura de LG: es español, no coreano, y preside una de las filiales más influyentes de la compañía a nivel global. Con más de dos décadas en la empresa, ha transformado su mercado local en un auténtico laboratorio de pruebas donde la firma surcoreana ensaya modelos comerciales y de hardware que luego exporta al resto del planeta. Uno de los experimentos más radicales impulsados por su gestión es la implementación de un modelo de garantía de por vida de los electrodomésticos, una apuesta que desafía frontalmente la cultura de la obsolescencia programada.
La visión de Jaraíz es densa en detalles técnicos y directa en su ejecución comercial. Al abordar la arquitectura de los televisores, argumenta con la convicción de un ingeniero que comprende la física detrás de cada píxel autoluminiscente. Defiende la longevidad del hardware como una estrategia de fidelización implacable —lejos de cualquier filantropía corporativa— y no esquiva los temas espinosos: la reconfiguración geopolítica, la agresiva expansión de marcas chinas en América Latina y Europa, el histórico fracaso de la división de celulares de LG y el impacto real de la inteligencia artificial en el hardware de consumo.
El laboratorio de pruebas y el fin de la obsolescencia
LG está implementando estrategias atípicas en ciertos mercados, como la reciente garantía de por vida en electrodomésticos de línea blanca. ¿Cuál es el soporte técnico y financiero detrás de esta decisión?
El mercado actual, tanto en Europa como en regiones altamente competitivas de América Latina como Chile, es extremadamente agresivo en la guerra de precios. Esto convierte a ciertas plazas en laboratorios ideales: si una estrategia de hardware funciona bajo esa presión, es escalable a nivel global. La garantía de por vida —que en términos legales europeos se traduce en 30 años y un día— no es un capricho de marketing, sino el resultado directo de la telemetría y el análisis de estrés de nuestros componentes.
El núcleo de esta promesa es el motor Direct Drive. A nivel de ingeniería, al eliminar las correas y poleas tradicionales e integrar el motor directamente al tambor, reducimos drásticamente la fricción mecánica. Los datos son contundentes: la tasa de fallo de este componente es de apenas un 0,2%. Al dominar la manufactura del componente crítico desde la fundición hasta el ensamblaje, podemos garantizarlo de por vida. Esta política cubre lavadoras, secadoras, refrigeradores, sistemas de climatización y microondas. La premisa técnica es clara: el hardware más sostenible es el que no necesita ser reemplazado.
¿Cómo sobrevive un modelo de negocio basado en la venta de hardware si el producto nunca se rompe?
Financieramente, este modelo nos obliga a elevar el estándar de ingeniería, forzándonos a vender productos superiores en lugar de entrar en la carrera hacia el fondo por el precio. Una lavadora de entrada, de unos 200 dólares, que colapsa mecánicamente al primer año de uso intensivo, representa una ruina tanto para el usuario final como para el distribuidor. El consumidor que invierte en el ecosistema de LG vuelve a comprar la marca no porque su equipo haya fallado, sino porque busca una actualización tecnológica.
Estamos abiertamente en contra de la obsolescencia programada. Queremos que el usuario cambie su equipo porque desea integrar nuevas funciones de domótica o mayor eficiencia energética, no por un fallo catastrófico del motor. Además, hemos trasladado esta filosofía al software de nuestros televisores. A diferencia de la norma en la industria, nosotros no enviamos simples parches de seguridad; renovamos el sistema operativo webOS por completo. Si adquieres un panel hoy, en cinco años correrás el firmware nativo de ese año. El objetivo es mantener la relevancia del equipo en el hogar inteligente todo el tiempo que el usuario decida conservarlo.
LG ha decidido utilizar figuras públicas de larga trayectoria para ilustrar este concepto de durabilidad extrema en sus campañas europeas.

Esta estrategia de marketing, protagonizada por el incombustible presentador español Jordi Hurtado junto a Jaime de Jaraíz, busca asentar la idea de que un electrodoméstico no debe ser un producto desechable.
Para respaldar esto en la práctica, la logística de reparaciones debe ser impecable. Manejamos un promedio de resolución inferior a 4 días, con un 97% de disponibilidad de repuestos en 24 horas. A esto sumamos diagnósticos telemétricos: con el permiso del usuario, el equipo reporta anomalías de rendimiento a nuestros servidores, permitiendo un mantenimiento preventivo antes de que ocurra una falla de hardware.
La amenaza asiática y la lección de los celulares
El mercado de televisores y línea blanca está experimentando la misma disrupción que sufrieron los celulares: la consolidación de fabricantes chinos que reescriben las reglas de precios. ¿Cómo enfrenta LG este punto de inflexión?
La presión de la manufactura china en nuestra industria ha sido una constante histórica. Lo que observamos hoy en el sector automotriz con los vehículos eléctricos es un calco exacto de lo que ocurrió en la transición de los tubos de rayos catódicos (CRT) a los paneles planos LCD. En aquel entonces, las marcas tradicionales se aferraron a la arquitectura analógica mientras Asia dominaba la nueva tecnología de cristal líquido. Cuando la economía de escala redujo los costos, el tubo desapareció y arrastró consigo a decenas de fabricantes que no lograron pivotar a tiempo. Nosotros llevamos dos décadas compitiendo en este entorno hiperagresivo.
Nuestra barrera de defensa radica en la propiedad intelectual y la manufactura de componentes críticos. Tecnologías como OLED, QNED y NanoCell son desarrollos propietarios. El estándar QLED ya ha sido completamente comoditizado; hoy cualquier ensamblador de bajo costo puede ofrecerlo. Sin embargo, en el ecosistema OLED, nosotros controlamos la fundición de los paneles. Cuando ves un televisor OLED premium en el mercado, independientemente de la marca impresa en el bisel, en el 90% de los casos el panel base salió de nuestras fábricas. Esa integración vertical es una ventaja competitiva masiva y extremadamente compleja de replicar.
¿Por qué esta integración vertical no fue suficiente para salvar la división de celulares de LG, que finalmente abandonó el mercado?
Existe un mito generalizado de que la división móvil de LG colapsó exclusivamente por la guerra de precios contra marcas emergentes de China, pero la realidad técnica es muy distinta. El factor letal fue el acceso a los semiconductores. En su momento, debido a presiones regulatorias en Corea del Sur, nos vimos obligados a desprendernos de nuestra división de fundición de chips, SK Hynix, que hoy es el segundo mayor fabricante de semiconductores de memoria del mundo.
Al perder la fabricación interna de System-on-Chips (SoC) y memoria, perdimos el control del pipeline de desarrollo. Siempre llegábamos a la fase de deployment comercial con meses de retraso frente a competidores que sí controlaban su silicio. En la industria de los celulares, el ciclo de vida es brutal: los primeros tres meses tras un lanzamiento son críticos para recuperar el gasto en I+D, capturando a los early adopters dispuestos a pagar el precio premium. Si llegas tarde, la ventana de rentabilidad se cierra. En el mercado de televisores y electrodomésticos pesados, los ciclos de actualización son de 5 a 10 años. Esa presión de latencia en el time-to-market no existe de la misma forma, lo que nos permite capitalizar nuestra superioridad en ingeniería de materiales.
Geopolítica, aranceles y la cadena de suministro
El escenario internacional está marcado por la volatilidad: guerras comerciales, aranceles cruzados y cuellos de botella en la provisión de chips. ¿Es posible trazar un roadmap de hardware a mediano plazo bajo estas condiciones?
La resiliencia de una corporación global radica en la redundancia de su cadena de suministro. Cuando una región sufre un bloqueo o un aumento arancelario, nuestra infraestructura logística en otros continentes compensa la carga. Los impactos geopolíticos rara vez son simétricos a nivel global. Ante la imposición de nuevos aranceles, ejecutamos pivotes geoestratégicos inmediatos, reasignando cuotas de manufactura entre nuestras distintas plantas de ensamblaje.
El cuello de botella en la fundición de chips, exacerbado por la demanda masiva de aceleradoras para Inteligencia Artificial, era un escenario predecible. La cultura corporativa surcoreana tiene una particularidad frente a la gestión occidental: la planificación obsesiva para el peor escenario posible (worst-case scenario planning). Mientras en otros mercados la tendencia es reactiva, esperando a que la disrupción ocurra, la ingeniería coreana asume el fallo de la cadena de suministro como el estado por defecto. Esta mentalidad de contingencia perpetua es exactamente lo que transformó a Corea del Sur en una potencia tecnológica global en menos de medio siglo.
La batalla por dominar el salón de los hogares se libra en el terreno de los diodos y la retroiluminación, donde las tecnologías propietarias marcan la diferencia.

En las líneas de ensamblaje y exhibición, los televisores OLED de LG continúan siendo el estandarte premium de la marca, enfrentándose directamente a las alternativas basadas en cristal líquido.
OLED vs. MiniLED vs. MicroRGB: La física de los píxeles
El panel OLED sigue siendo la punta de lanza de LG, pero la tecnología MiniLED está ganando tracción masiva impulsada por fabricantes asiáticos. A nivel técnico, ¿cómo justifican el salto de precio hacia el OLED?
La diferencia radica en las limitaciones físicas de la luz. Un panel MiniLED de gama ultra alta cuenta, en el mejor de los escenarios, con unas 20.000 zonas de atenuación local (bombillas agrupadas). En contraste, un panel OLED 4K cuenta con más de 33 millones de píxeles autoluminiscentes. En la arquitectura OLED, cada subpíxel genera su propia luz y color de forma independiente; cuando se requiere mostrar el color negro, el píxel simplemente corta la corriente y se apaga por completo. No hay luz residual.
En la arquitectura LCD (incluyendo MiniLED), existe una matriz de retroiluminación constante detrás de los cristales líquidos. Aunque los algoritmos intenten apagar zonas específicas, la física dicta que siempre habrá una fuga de luz blanca (blooming o efecto halo) hacia los píxeles adyacentes. Además, el cristal líquido tiene una latencia mecánica: el tiempo que tarda el cristal en rotar para bloquear o dejar pasar la luz genera un desenfoque de movimiento (motion blur), algo crítico al renderizar deportes o videojuegos a alta tasa de refresco. Estas no son limitaciones de software que se puedan parchear; son barreras impuestas por la física de los materiales, tan insalvables como la emisión de CO2 en un motor de combustión interna.
Resulta interesante esa postura tan tajante, considerando que la propia industria, incluyendo LG, está invirtiendo fuertemente en el desarrollo de paneles MicroRGB. ¿No es esto canibalizar su propio ecosistema OLED?
La realidad técnica es inmutable: un LED siempre va a contaminar luz, independientemente de si el equipo de marketing lo bautiza como MicroRGB. Es cierto que la arquitectura MicroRGB reduce drásticamente el tamaño del diodo, mejorando el contraste estático y la saturación de color en comparación con el MiniLED tradicional. Sin embargo, en escenas de alto rango dinámico y movimiento rápido, el problema fundamental de la dispersión de luz persiste.
Nuestra matriz de despliegue comercial tiene una jerarquía técnica innegociable: el OLED es la cúspide absoluta de la fidelidad visual. Le sigue el MicroRGB, luego el MiniLED y finalmente los paneles LCD estándar. El MicroRGB tiene un caso de uso muy específico: despliegues de formato masivo (paneles superiores a las 85 pulgadas) donde la manufactura de sustratos OLED de ese tamaño presenta desafíos de rendimiento en la fundición y un costo prohibitivo para el consumidor final.
La competencia directa enfoca su marketing en los niveles extremos de brillo (nits) que alcanzan sus paneles, argumentando que el OLED es demasiado oscuro. ¿Se ha convertido la luminancia en el único métrico que importa?
El brillo máximo es un factor relevante, pero carece de sentido fuera de contexto. La vasta mayoría del contenido premium —cine, series de alto presupuesto, videojuegos inmersivos— se consume en entornos con iluminación controlada. Bajo estas condiciones, la relación de contraste infinito de un panel OLED convencional aplasta a cualquier pantalla hiperbrillante que sufra de negros lavados.
Además, la brecha de luminancia se ha cerrado drásticamente. Con la introducción de nuestra arquitectura OLED evo, que integra emisores basados en deuterio y matrices de microlentes (MLA) para enfocar la luz hacia el espectador sin aumentar el consumo energético, hemos alcanzado niveles de brillo máximo que vuelven irrelevante el argumento del LCD en condiciones de uso normal. La regla de oro del hardware de visualización se mantiene intacta: mediante retroiluminación extrema puedes inyectar brillo artificial a una escena, pero es físicamente imposible extraer luz de un panel LCD para lograr el negro perfecto. El contraste absoluto sigue siendo el santo grial de la imagen.
Vía Xataka.




