Uno se sienta, apoya el brazo en una cuna y aprieta un botón. La máquina se encarga del resto. Una luz infrarroja cercana recorre la cara interna del codo buscando una vena. Un soplo de alcohol golpea la piel. Una sonda de ultrasonido se desliza por el brazo, mapeando a qué profundidad corre el vaso y hacia dónde se curva. El efecto Doppler captura la dirección del flujo sanguíneo para descartar que se trate de una arteria.
El manguito aprieta el brazo. La aguja baja y perfora la piel. La sangre fluye hacia los tubos de recolección, y cada uno se invierte nueve veces exactas, ni una más ni una menos. La aguja se retira. Le ponen un parche. Ninguna persona lo tocó.
Así se siente una extracción hecha por Aletta, el primer dispositivo autónomo de extracción de sangre autorizado en Estados Unidos. Desarrollado por la firma neerlandesa de robótica médica Vitestro, el sistema combina tecnologías de imagen con robótica avanzada e inteligencia artificial para hacer por algoritmo lo que un flebotomista, el profesional entrenado que encuentra venas y extrae sangre a mano, hace por tacto.
La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) le dio luz verde el 19 de agosto para su uso en adultos fuera del entorno hospitalario. La decisión sigue el camino de los reguladores europeos, que habían autorizado el dispositivo dos años antes.
"Hay que sacarse el sombrero ante ellos", señala Max Balter, especialista en robótica quirúrgica de Medtronic que trabajó en sistemas autónomos de extracción de sangre durante su posgrado a mediados de la década de 2010. "La ingeniería que tienen es increíble, y con su autorización de la FDA hacen avanzar a toda la industria".
¿Qué tan preciso es comparado con una persona?
En un ensayo clínico con más de 1.600 personas en Países Bajos, Aletta logró extraer sangre al primer intento en el 94,5% de los casos, incluso en pacientes con venas de acceso difícil, personas con obesidad y adultos mayores. Cuando el sistema no consiguió identificar una vena apropiada, el paciente fue derivado a flebotomía convencional.
"Es un rendimiento excepcional", afirma Joe El-Khoury, químico clínico de Yale que no participó en el ensayo neerlandés. "Es sin duda tan bueno o mejor" que el de un flebotomista profesional típico.
Las complicaciones fueron mínimas. El equipo incorpora varias salvaguardas para detectar problemas, entre ellas sensores que siguen el movimiento del brazo y la posición de la aguja y detienen el procedimiento si algo se sale de lo previsto. Para los casos donde las venas resultan demasiado complejas, siempre hay un flebotomista disponible para tomar el relevo.
El punto operativo relevante es otro: un solo flebotomista puede supervisar hasta tres máquinas Aletta. Eso, según Luuk Giesen, director médico de Vitestro, debería ayudar de manera decisiva a los laboratorios clínicos a enfrentar "los desafíos operativos críticos relacionados con la escasez de personal de flebotomía".
No es un problema menor en una profesión con una tasa mediana de rotación anual cercana al 25% y una tasa de vacantes sin cubrir próxima al 10%, según encuestas a laboratorios médicos hechas mayoritariamente en instituciones estadounidenses. Esa escasez limita la capacidad de los laboratorios para responder a la demanda de exámenes diagnósticos de rutina: hemogramas, colesterol, marcadores metabólicos y otros.
¿Funciona igual en todos los tonos de piel?
La promesa de mayor capacidad viene con una advertencia: Aletta todavía falla en aproximadamente uno de cada 20 casos. La pregunta es quiénes son esas personas.
Algunas simplemente tienen venas esquivas o inusualmente profundas. Pero un obstáculo más significativo podría ser la pigmentación de la piel. La melanina de las pieles oscuras puede interferir con la luz infrarroja cercana que Aletta usa para mapear primero las venas superficiales e identificar puntos de punción prometedores. La técnica depende de que la hemoglobina absorba la luz de manera distinta al tejido circundante, y los tonos de piel más oscuros pueden absorber más de esa luz antes de que alcance la cámara, reduciendo el contraste.
Giesen reconoce que el asunto puede afectar la primera pasada de imagen, pero apunta que el determinante principal de la selección de vena y la colocación de la aguja es el sistema de ultrasonido, que se apoya en sonido y no en luz, y que no debería verse afectado por la pigmentación de la misma manera. "El ultrasonido es agnóstico al tono de piel", sostiene, y agrega que Vitestro cuenta con datos no publicados que no muestran efecto del tono de piel sobre el rendimiento del sistema.
La compañía afirma en su sitio web que la "tecnología funciona bien para todos los tonos de piel", una aseveración que se repite en el comunicado de prensa de la FDA que anuncia la autorización.
Pero dada la historia de disparidades raciales en dispositivos médicos, en particular tecnologías ópticas como los oxímetros de pulso, que pueden ser menos precisos en personas de piel más oscura y cuyo problema pasó largamente inadvertido durante décadas, ese tipo de afirmaciones exige evidencia, según El-Khoury, que ha escrito sobre el tema.
Brooke Katzman, química clínica de la Clínica Mayo que colabora con Vitestro, también quiere más evidencia de que las muestras recolectadas por el robot son tan aptas para análisis como las extraídas a mano. El ensayo neerlandés reportó poco daño a los glóbulos rojos, pero aún faltan por evaluar otras medidas de calidad de muestra, entre ellas tubos coagulados, sangre insuficiente y llenado correcto del tubo, además de los resultados de los exámenes de laboratorio de rutina. Katzman planea lanzar un ensayo en Estados Unidos el próximo año para recoger exactamente ese tipo de datos.
"Vamos a hacer nuestra debida diligencia", afirma. "Como con cualquier instrumento que traemos al laboratorio, lo vamos a poner a prueba antes de usarlo clínicamente".
Décadas de intentos previos
Aletta toma su nombre de la médica del siglo XIX Aletta Jacobs, la primera doctora de Países Bajos y fundadora de lo que se considera la primera clínica de control de natalidad del mundo.
El guiño histórico calza con una tecnología que se apoya en décadas de investigación en flebotomía robótica por parte de grupos en Europa, Estados Unidos y China. Pocos llevaron el concepto tan lejos como el ingeniero biomédico Martin Yarmush, de la Universidad Rutgers en Nueva Jersey, en cuyo laboratorio Balter completó su doctorado. En una versión de su plataforma, el equipo de Rutgers incluso acopló el robot a un analizador de sangre de mesa, lo que le permitía extraer muestras y luego medir niveles de células inmunes y glóbulos rojos en cuestión de minutos.
Ese sistema integral nunca salió de las pruebas de laboratorio, y VascuLogic, la empresa derivada creada para comercializarlo, desapareció hace tiempo. Otras compañías, como ROPHAI, BHealthCare y MagicNurse, siguen trabajando en el área. Pero la demostración de Rutgers apunta a la posibilidad de un análisis de sangre completamente automatizado en el punto de atención, con robots encargados de todo, desde el pinchazo hasta el análisis.
Es, en cierto modo, la promesa que hizo Theranos, pero construida sobre tecnología de laboratorio convencional y validada, en lugar de la ciencia dudosa y el engaño que terminaron por hundir a aquella empresa.
"No tengo ninguna duda de que ese es el futuro", afirma Gregory Retzinger, patólogo clínico de la Escuela de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern, en Chicago, que colabora con Vitestro y probó el dispositivo Aletta en carne propia. "No dolió, fue rápido", cuenta.
Por ahora, según Giesen, Vitestro mantiene sus ambiciones y su máquina enfocadas en el proceso de recolección de sangre, aunque cree que Aletta podría llegar a hacer mucho más. La compañía planea lanzar el equipo en Europa el próximo año, y después ir por el mercado estadounidense.




