Vista del palo autoequilibrante con su conjunto de hélices en el extremo superior
Vista del palo autoequilibrante con su conjunto de hélices en el extremo superior

Un truco entretenido con un palo consiste en tratar de equilibrarlo para que quede parado sobre una de sus puntas. Se puede lograr de varias maneras, por ejemplo ejerciendo una fuerza en alguno de sus extremos para contrarrestar cualquier empuje que amenace con voltearlo. El camino que eligió Peter Ryseck fue armar lo que es en la práctica un dron volador montado sobre la punta superior del palo, sin hacer trampa levantándolo del suelo.

¿Por qué las hélices grandes no sirven?

Llegar al punto en que el dron reaccionara con suficiente rapidez a los cambios de orientación del palo fue la parte más difícil. Las hélices más silenciosas y de mayor tamaño tienen también mucha más inercia, es decir, tardan más en cambiar de velocidad. Eso descartó de entrada las palas de 10 pulgadas. En cambio, un conjunto de tres palas de 5 pulgadas funcionó lo bastante bien.

Para la aviónica se usó una placa controladora de cuadricóptero y su software estándar, programados de modo que el sistema reaccione de manera adecuada sin introducir inestabilidades adicionales. Es un detalle importante: no hubo electrónica a medida, sino un controlador de vuelo comercial de los que se usan en cualquier armado de dron, con la lógica de control ajustada para esta geometría poco habitual.

El palo también era parte del problema

Como es natural, hacerlo funcionar exigió mucho ensayo y error, con problemas como las oscilaciones acosando al sistema. Un inconveniente inesperado fue que el propio palo, sacado de una red de pesca de piscina, resultó lo bastante flexible como para aportar sus propias inestabilidades al conjunto.

En el video se explican en detalle todos estos problemas y sus soluciones, junto con el resultado final. Una salida especialmente elegante consiste en dejar que el palo se incline hacia el viento, una configuración más estable que empeñarse en mantenerlo en un ángulo perfecto de noventa grados respecto del suelo.

Un clásico de la teoría de control, resuelto al revés

Lo que este proyecto ataca es el péndulo invertido, uno de los ejercicios canónicos de la teoría de control automático. La versión de manual se resuelve moviendo la base: un carro que se desplaza sobre un riel, o una rueda de reacción que aplica torque desde el eje. Ryseck invierte el planteamiento y actúa desde el extremo libre, con empuje vectorizado, que es exactamente lo contrario de donde suele estar el actuador.

Esa inversión es la que explica las dos dificultades que relata: el retardo de la respuesta queda dominado por la inercia de las hélices, y la flexión del mástil agrega un modo de vibración que el modelo del péndulo rígido no contempla. Para quien quiera replicarlo, ese es el orden de las prioridades: primero un mástil rígido, después hélices chicas, y recién entonces afinar el control.