Cierto trabajo de laboratorio con sangre no se hace sin centrífuga. En el mercado de segunda mano aparecen equipos en condiciones de servir, aunque no siempre cumplen los requisitos cuando la tarea es específica. Por eso Thomas Nguyen decidió construir la suya desde cero, según recogió Hackaday.
Su objetivo era separar células T de la sangre para analizarlas después, y necesitaba trabajar con tubos cónicos de 15 mL. Las centrífugas capaces de hacerlo no le resultaban accesibles por precio, y calculó que podía fabricar una sin demasiada dificultad.
La lista de materiales es corta. Un Raspberry Pi Pico, una impresora 3D, un motor brushless A2212 y un controlador electrónico de velocidad de 30 amperes. Con eso llegó a un diseño de centrífuga de ángulo fijo capaz de hacer girar productos sanguíneos a la velocidad que la separación requiere.
¿Qué pasa si la carga queda desbalanceada?
El diseño incorpora dos medidas de seguridad. Un MPU-6050 detecta la vibración y apaga el equipo cuando el desbalance entra en rango peligroso, y un sensor infrarrojo monitorea y controla la velocidad de rotación.
El proyecto sigue en desarrollo, con la primera versión construida y girando. Nguyen quiere confirmar que el equipo funciona de forma segura y que separa fluidos como agua teñida y glicerol antes de correrlo con productos sanguíneos reales.
Otras centrífugas caseras
Hackaday ya había cubierto construcciones parecidas, entre ellas la de un estudiante de secundaria que armó una barata. A veces el equipamiento de laboratorio que uno necesita es el que uno mismo fabrica, y si funciona y hace la pega de manera segura, alcanza para llegar a la meta científica.




